



Como casi todo en la vida del Dr. Carstens, aquel trágico evento comenzó con un antojo.
El funeral era el quién-es-quién de la élite. Se había improvisado una sala funeraria VIP, en donde el gabinete del Ejecutivo y los empresarios con cuentas bancarias de más de doce dígitos podían rezar rosarios junto al Licenciado Zamarripa Tirado Montes Urales.
Uno de esos dolientes sobresalía visiblemente por su corpulencia, además de una sonrisa nada sutil que se negaba a abandonar su rostro. Existía una explicación lógica: el Senado había ratificado pocas horas atrás al Dr. Carstens como nuevo gobernador del Banco de México. Además del empresario Zamarripa Tirado Montes Urales, era él quien recibía más saludos y abrazos.
Dieron las ocho de la noche y el velorio seguía. La regordeta nariz del Dr. Carstens percibió un olor que excitó de inmediato a sus papilas gustativas. Era un olor casi imperceptible, muy débil. Para llegar a aquellas fosas nasales debió haber cruzado un par de cuadras y el muro de polvo y ruido de la construcción del metro. Pero aún así, el Dr. Carstens reconoció el olor: “Don Polo”, pensó. “Chorizo, jamón y queso de puerco”.
Desde ese momento no pudo pensar en otra cosa. Su voluminoso vientre comenzó a rugir. Su frente manaba sudor frío. Tamborileaba sobre cualquier superficie los dedos de sus manos. Consideró muy seriamente mandar traer una torta con algún guardaespaldas. ¿Pero no se vería mal? ¿No le había “recomendado” el presidente no comer en ningún acto público debido a su obesa figura, y a los malditos fotógrafos acechantes de una exquisita metáfora gráfica?
Las razones tenían mucho peso, pero se aligeraban con el paso de los minutos. Al aroma de charcutería se había incorporado el olor de una milanesa frita. Y no sobra comentar que en los dos últimos días de cabildeo intenso, el Dr. Carstens apenas había tenido la oportunidad de probar bocado.
“Voy al sanitario”, dijo acomodándose los lentes, gesto que amigos y enemigos le reconocían cuando no era completamente honesto. Pero en esta ocasión nadie lo había escuchado, pues el señor Zamarripa Tirado Montes Urales había comenzado a sollozar.
En lugar de dirigirse al baño, el Dr. Carstens se apresuró hacia la salida. Faltaban diez minutos para las nueve de la noche, y para que Don Polo dejara de dar servicio. Afuera, los guardaespaldas convivían con los constructores que llegaban a cubrir el turno nocturno. Ya se había incluso organizado un pequeño partido de futbol sobre la calle destruida. Los guardaespaldas habían tendido sus sacos Milano en un cable que en la construcción habían colgado muy bajo por alguna razón.
El Dr. Carstens miró la hora (faltaban ocho minutos) y se apresuró a cruzar la construcción. Incluso atravesó por donde había una cinta que decía “no pasar”. Pero quiso el viento soplar con fuerza y quiso uno de los sacos desprenderse y como un hombre invisible flotante, abrazar la cabeza del Dr. Carstens. El hombre dio un traspié y cayó, con aquel pedazo barato de tela, como un Juan Escutia con sobrepeso, en una zanja de diez metros de profundidad. Murió al instante.
Pasó el tiempo. Ríos de tinta se dedicaron a la muerte del efímero gobernador del Banco de México y el dueño del saco asesino recibió su merecido. La construcción siguió y año y medio después por ahí pasaba un flamante metro.
Pero nadie se quería subir a esa línea. Porque el alma del Dr. Carstens no estaba en paz a la hora de su muerte, y se paseaba por andenes y vagones muy descaradamente. Existían cientos de videos en línea del fantasma asustando a los usuarios. Su broma favorita era hacer su boca tan grande como el túnel del metro y abrirla como si se lo estuviera comiendo.
Las más molestas eran las autoridades del Distrito Federal. Habían invertido miles de millones en la construcción de aquella línea, que permanecía vacía hasta en las horas pico. Para invitar al Dr. Carstens a descansar en paz, el jefe de gobierno invitó a sacerdotes, chamanes, brujos, gurús…y nada. Hasta sacaron de la cárcel a Francisca Zetina para ver si ella lo convencía. Pero nada. El alma del Dr. Carstens se negaba a irse.
Era tan grave la situación que Estados Unidos mandó un ultimátum a México: o arreglaba el asunto del fantasma, o retiraba todo apoyo, préstamo y acuerdo comercial. Eso de los fantasmas era algo anti cristiano, aunque sería una buena película. En 2012 la promesa de campaña de todos los candidatos a la presidencia era: “Conseguiré el descanso del Dr. Carstens”.
Un amigo suyo dio la idea: “Desde niño Carstens no descansaba hasta saciar su antojo.” Y después de muchas investigaciones, se llegó a la conclusión de que el Dr. había salido de la funeraria por una torta de chorizo, jamón y queso de puerco. Y como nadie sabía con cuánta cantidad de comida había que satisfacer a un fantasma, un Día de Muertos el gobierno llenó un altar en el lugar de la muerte del Dr. Carstens. Tenía cuatro metros de alto de puras tortas, sólo para él. Incluso el pueblo, en un acto espontáneo, llevó sus tortitas para el eterno descanso del Dr.
A la mañana siguiente las tortas habían desaparecido. No quedaba migaja. Tampoco había señal del fantasma. Pero sobre las vías del metro fluía un río de mocos. La explicación se dio casi de inmediato: el fantasma se había contagiado del virus H1N1. “Alguno de los fantasmas de los cerdos con los que se prepararon las tortas habrá contagiado al fantasma del Dr.”, dedujeron los expertos.
Después de limpiar, sanitizar, desinfectar y pasteurizar por completo la línea 12 del metro, todo volvió a la normalidad y el pueblo pudo utilizarlo. Estados Unidos retiró la amenaza y en las elecciones ganó el partido oficial. El empresario Zamarripa Tirado Montes Urales había hecho millones con su nuevo producto: “Compre moco del Dr. Carstens y ponga a la fortuna de su lado”. Y lo más normal de todo era que una vez más, el futuro del país había dependido de un cerdo de engorda. O mejor dicho, de su fantasma.
© Pablo Mata Olay
II: Todo escritor incipiente tiene la obligación de escribir lo mejor que pueda.
III: Todo escritor incipiente tiene la obligación ineludible de aspirar a escribir LA OBRA (con mayúsculas, como le gustaría a Cyril Connolly). Esta OBRA puede abarcar desde un cuento o un poema genial hasta 30 ó 40 novelas magistrales. Lo que importa es la aspiración. Si lo logra, ya es otro asunto.
VI. Todo escritor incipiente tiene el derecho de leer lo que le venga en gana (entre más lea, mejor), siempre y cuando estas lecturas incluyan dosis generosas de libros clásicos (¿qué es un clásico?, es como lo define Italo Calvino: “todo aquel libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, no importa si fue escrito apenas antier o hace 2,500 años).
V. Todo escritor incipiente tiene derecho a ser feliz, vivir dignamente y no morirse de hambre por consagrar su existencia al arte literario (incluso si una vida indigna y desdichada y la inanición pudieran convertirse en valiosa materia prima para sus obras).
Son legítimos los siguientes medios para hacer cumplir este derecho: la manutención paterna incluso a edad avanzada, la herencia familiar, el matrimonio por conveniencia, el mecenazgo interesado, la búsqueda descarada de premios y becas mediante influyentismo y amiguismo, el lenocinio, el crimen individual u organizado, el periodismo, el guionismo, la publicidad, el trabajo editorial, la corrección de textos, la traducción, la escritura fantasma y otras formas legales de esclavitud, siempre y cuando el escritor atienda lo establecido en los primeros cuatro parágrafos de este decálogo.
VI. Todo escritor incipiente tiene la obligación de obtener los conocimientos necesarios para dominar sus herramientas de trabajo y alcanzar la maestría en el oficio literario, no importa si los obtiene en forma autodidacta, talleres literarios o escuelas de escritores. Tiene derecho a cometer errores por inexperiencia o desconocimiento, pero está obligado a corregirlos inmediatamente y no repetirlos en obras subsecuentes.
VII. Una vez que se ha apropiado de estos conocimientos, el escritor incipiente tiene la obligación de olvidarse por completo de ellos y escribir con plena libertad lo que le venga en gana, incluso a sabiendas de que con lo que escribe está rompiendo las reglas gramaticales, la tradición literaria, los géneros, las estructuras o el lenguaje mismo. Se pone énfasis en que sólo se tiene derecho a hacer lo anterior a sabiendas de que se está haciendo y con una intención (definida o indefinida). De ninguna manera tiene permitido hacerlo por desconocimiento, chabacanería o querer pasarse de listo.
VIII. Todo escritor incipiente tiene derecho a retomar y utilizar en sus obras recursos y descubrimientos aparecidos en obras de otros autores; de preferencia de aquellos considerados como los mejores. Este aprovechamiento legítimo será denominado genéricamente como “influencia”, con los siguientes niveles:
a) Si la influencia es leve, pero claramente reconocible, se le denominará “tradición”.
b) Si la influencia es descaradamente obvia, se le denominará “homenaje”.
c) Si la influencia es múltiple y heterogénea, se le denominará “hipertextualidad” o “diálogo intertextual”.
IX. Todo escritor incipiente tiene derecho a tomar como tema o incorporar en su obra referencias a cualquier otro campo de experiencia vital que no corresponda necesariamente al campo literario, tales como las caricaturas, las series de televisión, el habla y la cultura popular, la música juvenil, el cine hollywoodense, los comics, la Internet, los juegos de video, los gadgets tecnológicos, etcétera, sin que por ello se le tilde de “superficial”, “hueco”, “infantil”, “posmoderno”, “light”, o cualquier otra clase de paparrucha que se les ocurren a los críticos literarios “serios” cuando, por ignorancia, holgazanería o esnobismo, no tienen la más peregrina idea de a qué aluden dichas referencias.
X. Es plenamente legítima la aspiración al best-seller. El primer (y más importante) juez de una obra literaria es el lector. Si una obra tiene muchos lectores, algún valor (incluso pequeño) ha de tener. El escritor incipiente está obligado a rechazar el mito de que si nadie entiende lo que escribe (y por lo mismo nadie lo publica) se debe a que es un genio o está adelantado a su tiempo, ya que, en el caso de un escritor incipiente, la probabilidad de que lo anterior sea cierto es dramáticamente nula. Si nadie entiende todavía Finnegans Wake, es porque lo escribió James Joyce, que sí era un genio.
XI. Todo escritor incipiente tiene el legítimo derecho a utilizar los medios necesarios para que su obra sea conocida por el mayor número de personas, incluso si para ello tiene que recurrir a estrategias que aún no han sido integradas plenamente al sistema tradicional de la industria editorial, tales como la autoedición, la edición digital y la distribución electrónica, las páginas web, los blogs, la multimedia, etcétera, y sin que por ello el escritor sea tachado de “ingenuo”, “chabacano” o “poco serio”.
XII. (Derogado).